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 Cultura

 

LA EDUCACIÓN EMANCIPADORA

 PARTE I

POR CRISTIAN GILLEN

 

La educación es una práctica pedagógica cultural que se brinda en múltiples lugares y que incluye, entre otros, colegios, universidades, medios de comunicación, cultura popular. Estas instituciones educacionales son uno de los mayores mecanismos, a través del cual la hegemonía de las clases y/o grupos dominantes es ejercida y puesta en juego. De ahí el interés de abordar la educación de manera crítica y detallada, para proponer una estrategia antihegemónica. Dentro de esta línea de análisis, uno de los puntos centrales de estudio es el de descubrir la compleja relación entre conocimiento, enseñanza y poder, con el fin de revertir la situación imperante y, de esa manera, coadyuvar en el logro de una sociedad de nuevo tipo donde impere la solidaridad e igualdad.

La educación pública, que está siendo seriamente atacada por los neoliberales y neoconservadores en el marco de su ideología privatizadora, está regida en gran medida por una racionalidad positivista, que toma como modelo de referencia a las ciencias naturales. Dentro de esta visión de la realidad, los procedimientos de verificación y/o falsificación de las ciencias sociales deberían descansar en técnicas cuantitativas. Además, los profesores en sus prácticas educativas tienden a disociar los valores de los hechos. Esta racionalidad tecnocrática es utilizada para marginar del proceso de enseñanzas las historias y biografías, tanto de los alumnos como de los profesores[1].

 

El separar los hechos de los valores dentro de la educación positivista lleva a que los profesores y alumnos pierden la capacidad de crítica. Este fetichismo por los hechos cuantificables, y el pensar que existe una neutralidad valorativa coadyuva a mantener el status-quo. Por otro lado, esta búsqueda de objetivismo en la educación, como expresión máxima de la concepción científica, tiende en esencia a negar los valores éticos, y a sustituir las concepciones teóricas por técnicas metodológicas, con el fin de reducir la compleja problemática educacional a cuestiones fundamental-mente tecnocráticas.

 

Dentro de esta concepción positivista y tecnocrática de la educación, donde las tecnologías y ciencias ocupan el lugar central, se ha propendido a marginar de los currículos y de la práctica educativa la cultura popular, que es una forma de eliminar lo que les pertenece a los estudiantes más pobres y someterlos a la formación impuesta por los intelectuales hegemónicos cuyo principal objetivo es hacer prevalecer el orden social existente[2].

 

Es mediante esta cultura positivista y racionalidad tecnocrática que los colegios y diversas instituciones educativas del sector público y privado transmiten, en el marco de un complejo proceso de lucha ideológica, la cultura dominante. La ideología hegemónica está presente en diversos aspectos del proceso de producción de los conocimientos, tal como en el contenido del material de clase, la modalidad de organización de la institución educativa, el currículo, las relaciones sociales dentro de las aulas, las vinculaciones de las instituciones educativas con el Estado y la sociedad civil, entre otros.

Este proceso complicado, lleno de conflictos y contradicciones, de imponer la cultura dominante vía las instituciones educativas, oculta un conjunto de formas de viabilizar el papel de los grupos y/o clases dominantes en el marco de su proyecto hegemónico. A través del supuesto de la neutralidad que postula la educación positivista, se pretende hacer creer a los grupos y clases subordinadas que los intereses de las clases dominantes representan los intereses de la sociedad, así como presentar los valores dominantes como universales y hasta eternos[3].

 

La pedagogía, que transmite y procura legitimar la cultura dominante, articula distintos elementos ideológicos, políticos y sociales. La racionalidad tecnocrática, que se utiliza para ese fin, es la que imprime la lógica en la formulación de los currículos, sedimentación de los valores hegemónicos en el proceso de producción, y evaluación de los conocimientos, así como en la selección de los profesores, y en la calificación de éstos y de los alumnos. Asimismo, estos valores dominantes promovidos por la racionalidad positivista, son los que sirven para regular las relaciones sociales dentro de las aulas, y entre las instituciones educativas y su entorno social.

 

El proceso de enseñanza consagrado a la alfabetización, está enmarcado en las necesidades de la reproducción de las relaciones sociales de producción capitalistas. El saber leer y escribir les permite a los pobres entrar como fuerza y/o capacidad de trabajo en las empresas, así como de ser clientes "racionales" tanto de instituciones comerciales como financieras. El aprender a leer y escribir en función a una perspectiva crítica, desparece bajo el imperativo de la necesidad de acumulación del capital. Es por ello que Freire ponía tanto énfasis en su enfoque de alfabetización, en la concientización vista como una interfase entre la reflexión crítica y la acción como dos aspectos interconectados en el proceso de emancipación colectiva o individual[4].

 

A parte de lo que se ha señalado con respecto al proceso de alfabetización, la pedagogía positivista evita la participación de los estudiantes en la construcción de sus propios significados y en la evaluación reflexiva de sus experiencias de clase, raza y sexo a la cual pertenecen. Más bien, la pedagogía utilizada está normada por principios de control, orden y percepción acrítica de la realidad social con el fin de coadyuvar en el proyecto hegemónico de la clase y/o grupo dominante.

La imposición curricular desde arriba en los colegios y otras instituciones educativas a nivel nacional, es una práctica que viene adoptando el proyecto neoliberal – neoconservador para mantener el control político del conocimiento. Ello, por cuanto el currículo esconde valores, normas, tradiciones mediante las cuales las instituciones educativas median y legitiman la reproducción social y cultural de clase, raza y genero. Es debido a lo señalado que las instituciones educativas deben ser vistas como entes políticos destinados a mantener el poder de los grupos hegemónicos. Los libros recomendados en el marco del currículo, especialmente en los colegios, tienden a olvidarse de los conflictos sociales privilegiando la armonía social, y obvian la problemática y la historia de los trabajadores. La historia la conciben en base a actos realizados por personalidades individuales, consideradas como héroes al margen de la fuerza social que representaban y de la organización social en que actuaban.

La televisión, que está participando cada vez en mayor medida en la cultura en general y en la educación, está convirtiéndose, como ya se señaló, en uno de los elementos centrales en la construcción del imaginario de la vida, usando, entre otros, la manipulación de la cultura popular. A parte de lo anterior, lo que es relevante es la direccionalidad de la televisión priorizando aspectos como la "manipulación política", la "degradación cultural", la "violencia" y el "sexo" como mercancía[5].

 

La televisión está inmersa en una lucha por moldear el conocimiento a los intereses del proyecto hegemónico, para influir cada vez más en la política, ya sea nacional y/o internacional. Muestra de ello es la influencia creciente que va teniendo en los procesos electorales donde emplean su poder y "creatividad" manipulativa para favorecer al candidato que representa mejor los intereses del proyecto neoliberal – neoconservador, así como también en la arena internacional para justificar las invasiones del Imperio.

La educación pública, que como hemos visto es fundamentalmente positivista y tecnocrática, es concebida por los neoliberales y neoconservadores como un total fracaso debido, entre otros, a su supuesta baja calidad, falta de disciplina, y malos resultados que se obtienen en los exámenes. Esta educación defectuosa sería la responsable del desempleo, pobreza y bajo nivel de competitividad. Ante una situación de esta naturaleza, la derecha más recalcitrante viene planteando e implementando donde le es posible una "reforma" que permita que las instituciones educativas respondan mejor al sector privado, y rescaten los valores de la libre empresa, familia y la religión, en lugar de promover el feminismo, la teoría de la evolución y el humanismo en general[6].

 

Detrás de esta crítica de los neoliberales y neoconservadores al sistema educativo público, existe una agenda política destinada a promover la ideología privatizadora, e introducir con mayor intensidad la lógica del mercado y, por ende, del valor de cambio en su accionar. Por otro lado, se pretende debilitar y/o eliminar los sindicatos de profesores, y formar estudiantes en el marco de los valores empresariales y la moralidad cristiana.

En la "reforma" propugnada por los neoliberales y neoconservadores, los primeros se esfuerzan preferentemente  en sedimentar cada vez más el modelo económico neoliberal en las nuevas generaciones de posibles trabajadores, en tanto los neoconservadores inculcan valores que refuercen las tradiciones familiares y religiosas que consoliden ideológica y políticamente los intereses de los sectores más extremos de la derecha.

Los neoliberales plantean que en las instituciones públicas de educación, no se están formando futuros trabajadores y consumidores sino burócratas, lo que significaría un uso irracional de los recursos financieros de la sociedad. Por otro lado, los neoconservadores pretenden eliminar de los currículos los aspectos que vayan contra la creación divina y otorgarle un papel privilegiado a la familia. Dentro de esta visión mística y tradicional de la educación, han venido prohibiendo en la enseñanza pública la teoría de la evolución de Darwin. Así tenemos que políticos como Ronald Reagan, Pat Buchanan, entre otros, señalaron repetidas veces que los padres de familia tienen el "derecho de insistir que la evolución sin dios no sea enseñada a sus hijos": Estas declaraciones fueron llevadas a la práctica en ciertos Estados, entre ellos el de Kansas, que el 11 de agosto de 1999, bajo presión de los neoconservadores, logró que se elimine toda mención de la teoría de la evolución de Darwin del currículum de ciencia del Estado. Por otro lado, los neoconservadores promueven que la educación se realice preferentemente en los hogares, por cuanto responde mejor a la lógica privatizadora que quieren profundizar. La educación en las casas dotaría de una "zona de seguridad" tanto física como ideológica[7]. Las posibilidades de materializar este tipo de educación en las casas a gran escala, se han ampliado debido al Internet que permite "personalizar" la educación, mediante la selección por el individuo de la información y/o temas que son de su interés. Sin embargo, este proceso privatizador de la educación que tiende a exacerbar el individualismo, debilita el tejido social de las comunidades, con todo lo que ello significa, en la promoción de intereses colectivos y la solidaridad.

Dentro de la aparente complementariedad entre los postulados neoliberales y los de los neoconservadores existen tensiones. Estas se dan principalmente en lo concerniente al papel que se le otorga al Estado en la "reforma". Desde la perspectiva neoliberal, el Estado debería reducirse, mientras que del lado neoconservador se propugna un Estado fuerte que exija y legitime la enseñanza de normas y valores que propicien la familia y la moral religiosa.

Los neoliberales y neoconservadores, para llevar a la práctica su "reforma" educativa, consideran que es imperativa la existencia de un currículo y sistema de calificación de los profesores a nivel nacional. Una de las funciones centrales del currículo nacional es la de proporcionar el marco dentro del cual los exámenes puedan llevarse a cabo con el fin de disciplinar a los estudiantes para que sirven mejor a los valores y prácticas que propugnan.

 

Existe una visión gerencial en cuanto a la organización y al funcionamiento de las instituciones educativas en la "reforma", especialmente desde la posición neoliberal, lo que ha motivado a que muchos técnicos la apoyen. Esta concepción gerencial tiende a reforzar la conexión entre el sector privado y la estructura del conocimiento de los alumnos. Igualmente, potencia los métodos pedagógicos que permitan evaluar cuantitativamente lo que pasa en las aulas para poder ejercer mayor control y supuestamente aumentar la eficiencia educativa[8].

 

La "reforma", al poner la educación al servicio del mercado, ha reforzado la jerarquización social en las instituciones educativas. Los pobres se han visto más marginados, y los profesores han tenido que dedicar un tiempo importante para mostrar una "buena" imagen de la institución en que trabajan, descuidando aspectos sustantivos de la enseñanza y el currículo[9].

Esta lógica de mercado que se imprime a la educación, ha creado las condiciones propicias para que la televisión, con su visión comercial, comience a penetrar en los entes educativos. En Estados Unidos, el Canal Uno ha introducido en miles de colegios un programa informativo y comercial que difunde diariamente diez minutos de noticias nacionales e internacionales, y dos minutos de comerciales producidos por Whittle Communications. Los colegios, que tienen un contrato con el Canal Uno, reciben equipo "gratis" a cambio de que garanticen que el noventa por ciento de los estudiantes vea el programa. Según el editor ejecutivo del Canal Uno, William Rukeyser, este programa permitiría una "alianza vigorosa entre los negocios y la educación". Esta difusión del Canal Uno evidencia  como se vienen utilizando métodos instrumentales para adecuar la educación a las necesidades comerciales del capital[10].

 


 

[1] Henry A: Giroux. Ideology, culture and the Process of schooling. Temple University Press. Philadelphia. 1981

[2] Stanley Aronowitz and Henry A. Giroux. Postmodern Education. University of Minnesota Press. Minneapolis. 1991.

[3] Henry A. Giroux. Ideology, culture and the Process of schooling. Temple University Press. Philadelphia. 1981

[4] Freire. Pedagogy of the Oppresses. Seabury Press. N.Y. 1973

[5] Raymond WIlliams. Television. Wesleyan University Press. Hanover. 1974

[6] Michael W. Apple. Educating the "right" way. Routledge falmer. New York. 2001

[7] Ibid.

[8] Michael W: Apple. Cultural Politics and Education. Teachers College Press. New York. 1996

[9] Geoff Whitty, Rally Power and David Halpin. Revolution and choice in Education. Open University Press. Philadelphia. 1998.

[10] M.W. Apple. Official knowledge. Routledge. New York. 2000

 

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